Colaboraciones























Cambios en el Buenos Aires posrevolucionario:
hacia una nueva concepción de la estética personal

 
 

                                                                                          Andres Yañez
UNLP

El periodo posrevolucionario inauguró cambios no solo en la vida política y jurídica rioplatense, sino también en diversos aspectos de la vida social. Un inglés que visitó la ciudad entre 1820 y 1825 observaba con sagacidad:

“Si un español visitara la ciudad, tras una ausencia de varios años, quedaría sorprendido; las rígidas festividades de la Iglesia han sido sustituidas por inocentes esparcimientos; el zumbido de los negocios saludaría su oído y encontraría europeos por doquier. La vieja España ha dejado de dominar en Buenos Aires para siempre…” (1)

En medio de la transición entre las viejas tradiciones coloniales y una nueva realidad plasmada en la experiencia cotidiana, menos atada a los preceptos y los ritmos que imponía la religión, nacían nuevos gustos y dimensiones de la estética, íntimamente relacionadas, desde esta nueva visión, con la salud. La apertura del puerto al comercio internacional permitió el ingreso de productos, técnicas y servicios desde Europa y otros puntos del globo, y encontró a un público porteño ávido de novedades, deseoso de cambiar sus perspectivas, hábitos y costumbres. La posibilidad de estar “a la última moda” se convirtió en un horizonte apetecible para las elites porteñas, aunque no exclusivamente para ellas.
Dentro de este universo de cambios y nuevas expectativas, los periódicos comenzaban a promocionar en sus avisos productos que, según prometían, provocarían un antes y un después en las apariencias de los habitantes. El cabello fue, sin duda, uno de los destinatarios privilegiados del novedoso interés por la belleza corporal y la apariencia personal de los porteños. La esencia de Tyre se hacía presente en los comercios para ocultar las canas a la mirada de los demás: “…la legítima tinta imperial para teñir el pelo (…) se halla en venta (con las direcciones en ingles y castellano para usarlo) en la tienda de madame Rosetti…” (2). En pleno centro de la ciudad, se vendía “Pomada negra para teñir el pelo, que lo pone perfectamente negro, á dos pesos tarro…” (3) Parece ser que los nuevos tiempos estéticos implicaban variantes por demás impensables en épocas anteriores. Un aviso ofrecía “…una composición nueva, aprobada por la facultad de medicina de Paris y Londres para teñir el pelo en siete colores distintos.” (4) 
Para muchas cabezas calvas rioplatenses, el saber y la experiencia europea aportaban soluciones impensadas unos años antes. Según esgrimía un anuncio de principios de 1830, “Muchos fueron los medios que se han tentado para remediar este defecto”, todos sin éxito. La razón del fracaso daba cuenta de las nuevas nociones que unían la belleza y el cuidado de la apariencia personal, con la salud: “Todos estos remedios, dirigidos sin reflexionar sobre la anatomía ó estructura de los cabellos, y fundados en el error ó la casualidad, han caído en descrédito con el tiempo por ser inútiles ó nocivos…” El pelo se definía como “este hermoso adorno de la naturaleza”, y su conservación implicaba la creación de métodos profilácticos basados en la ciencia médica. Por suerte para los perjudicados por la pérdida anticipada del cabello, el abnegado Dr. Nago  y su creación, el “lavatorio vegetal anticaspal”, venían a poner coto a tan evitable mal: “…al cabo de muchos esperimentos y estudios, acertó con el verdadero remedio, cuya eficacia confirmada por la experiencia de muchos años, nunca será debidamente alabada.” Desde Inglaterra llegaba a los negocios de Buenos Aires el remedio que tenía por virtud “…quitar la caspa, abrir los poros de la epidermis, renovar y hermosear el pelo.” (5) La grandilocuencia con la que se publicitaba el descubrimiento medicinal no ocultaba, de todos modos, que el esforzado doctor Nago había “acertado” con su fórmula. Esto denotaba aun los límites de una medicina que seguía avanzando por medio del empirismo y el método del “ensayo-error”, más que por reales criterios científicos.
Una peluquería ubicada “bajo los altos de Escalada”, brindaba a sus clientes un servicio personal: “Se ofrece pasar á las casas de los SS. que lo ocupen á cortar el pelo á la última moda, con la mayor perfeccion y gusto.” No podían faltar, por supuesto, los nuevos productos para el cabello, entre ellos “numerosos aceites, superiores en gusto y calidad.” Pero la vedette de la oferta parece haber sido la denominada “Crema de Vermillon”. Para aquellos que decidieran su compra y utilización, se prometía una efectividad respaldada en la experiencia de varios habitantes de la ciudad, lo cual habilitaba la afirmación de “no haber otro que lo iguale en calidad”. Según el anunciante, “la particularidad de dicho artículo es conservar aun en su naturalidad el mas precioso adorno de la naturaleza que es el pelo, como tambien dejarle con una brillantez y vista agradable.” (6)
Pero la oferta en cuanto a elementos para el cabello no se agotaba allí. Tanto hombres como mujeres tenían a su alcance una serie de complementos capilares. Para “LAS SEÑORAS Y CABALLEROS DE BUEN GUSTO”, una peluquería céntrica “muy acreditada” tenía “pelucas, casquetes para hombres, rulos y añadidos de todas calidades, colores y hechuras, y á un precio regular…” (7). Las cabelleras masculinas y femeninas se convertían así en sitios del cuerpo esmeradamente atendidos, a la hora de exhibir con orgullo un aspecto personal preservado en sus más importantes detalles.
Los señores que se dignaran cuidar escrupulosamente su rostro, no podían pasar por alto el anuncio de las reputadas “navajas chinezcas”. El vendedor, un norteamericano autodenominado “un cuchillero de Savannah”, exponía con afán los esfuerzos que había realizado para lograr establecer contacto con el oriente, y de ese modo regalar a los porteños el privilegio de afeitar sus barbas y bigotes con un artículo de primera calidad:

“…son tantos los elogios y recomendaciones que de las chinescas hacen los que han viajado en aquellos paises, que el que anuncia no ha tenido inconveniente en entablar á mucha costa jiro con uno de los primeros fabricantes de Pekín, para que constantemente le abastezca de surtidos de hojas finas estampadas con el nombre del fabricante y hechas en la forma adaptada á aquella parte del mundo en que la barba y no la cabeza (como en la China &c.) es la destinada á la operacion de afeitarse.” (8)

Estaban también aquellos comerciantes que velaban específicamente por la  insaciable y exigente coquetería femenina. Las peinetas ocupaban un lugar principalísimo en este rubro. Nace por estos tiempos el antagonismo estilístico entre el pelo corto y el pelo largo; entre las “peladas” y las “pan de leche”. (9) Un “fabricante de todas clases de peinetas de carey y talco” ofrecía sus obras “al mismo precio que en Europa”, sin duda un aliciente para los presupuestos de las damas, muy exigidos a causa de atender en forma tan persistente los llamados de la moda. El fabricante se comprometía “a variar todos los años de hechura, perfeccionando la moda del mejor gusto y gracia.” (10) El servicio se completaba con la posibilidad de elaborar diseños personalizados a placer de la clientela femenina, lo cual redondeaba una oferta acorde a un nuevo tipo de demanda, en permanente cambio y atención al sentido de la “novedad”. En la mercería “del az de bastos”, ubicada a escasa media cuadra de la Plaza de la Victoria, se ofrecía “un elegante surtido de peinetas de talco, á la ultima moda de varios tamaños hasta de media vara de ancho.” (11) La exageración en el tamaño de las peinetas fue retratada en imágenes por Hipólito Bacle, (12) y representaba la exacerbación hasta el absurdo de una obsesión por la moda que convertía a las mujeres de la época en rivales y competidoras entre sí, exteriorizada por este y otros implementos accesorios del vestir. El repertorio se completaba con “…peinetitas de carey para rulos, bastidores de carey, peines de marfil y otros renglones de merceria.” (13)
Un anuncio de fines de 1828 debe haber llamado poderosamente la atención de las damas porteñas. Con el encabezado “INTERESANTE AL BELLO SEXO”, y la imagen de unas flores que ocupaban un lugar prominente en el cuadro del aviso, imposible de pasar por alto, se ofrecía “agua de tocador”. Esta contenía una serie de virtudes curativas y cosméticas que no podían ser ignoradas por las lectoras. La fórmula se componía de “los mas exquisitos extractos de flores”, y sus recetas provenían de Paris y Lima, lo cual, al parecer, era considerado suficiente garantía de calidad. A juzgar por los resultados que se aseguraban, ninguna mujer con ansias de mejorar sus encantos debería haber dejado de asistir a la calle de Cuyo 106, donde el producto se comercializaba:  

“…destruye el paño y pecas como las espinillas, borros, y demas enfermedades cutaneas; da a la tez el perfecto blanco resaltando el color natural de las mejillas, entre rosas, suavizandolo y poniendolo terso. Usado en el rostro, pecho y brazos, se consiguen las ventajas expresadas sin que haya precision de resguardarse del sol, del aire, i de otras precauciones; su olor es aromatico y agradabilisimo.” (14)

Como parte de un proceso que comenzaba a privilegiar la importancia de los sentidos, y en última instancia, la pertinencia del goce estético como fin en sí mismo, el olfato, el tacto y la vista se combinaban con los aspectos curativos de estas panaceas, delineando una nueva manera de entender la imagen personal. Esto revelaba un cambio hacia una mayor primacía y centralidad del individuo, en concomitancia con el proceso de laicización de la vida social que estaba en curso desde la revolución.
En consonancia con la identificación entre salud y estética, la dentadura comenzó a ser tratada desde otra óptica. Ya no solo era esencial a la función masticatoria. La presencia de las piezas dentales comenzaba a valorarse como indispensable para conservar la armonía general del rostro. En su consultorio ubicado “detrás de la catedral”, Ricardo Barnett, “dentista de Londres”, empezaba a ejercer su profesión en Buenos Aires a principios de 1824. Además de informar sobre el respaldo de su idoneidad, basada en “su experiencia y prácticos conocimientos adquiridos en su pais, bajo los mas eminentes profesores de esta facultad”, exponía un concepto que consideraba primordial en cuanto a la ciencia que profesaba: “Todos saben cuanto contribuye á la belleza del rostro, y aun á la salud, el aseo de la dentadura.” (15) Por otra parte, el orden de prioridades funcionales de los dientes que exponía el dentista no parece casual. Puede presumirse en sus dichos la idea de que la salud bucal ya no solo dependía del profesional. Debían tener activa participación en ella los mismos interesados en conservarla: “Se promete dar á las familias las instrucciones necesarias para la preservacion de la dentadura”. Este concepto introduce la idea de prevención en el cuidado de la salud. Otro dentista, Benito Ramírez, ponía especial dedicación, en un anuncio extenso, en explayarse sobre varios aspectos inherentes al cuidado de los dientes, destacando la importancia que ellos tenían, según su criterio: “Limpia las dentaduras, por mas negras que estén, del sarro ó tártaro que se forma en ellas, por el poco cuidado que generalmente se tiene con una parte tan apreciable, y necesaria en la sociedad…” (16)
Durante este breve recorrido por los anuncios del periódico puede vislumbrarse una nueva dimensión de la estética en el Buenos Aires posrevolucionario. Hombres y mujeres por igual son destinatarios de tratamientos, recetas y productos llegados desde el otro lado del atlántico, o desde otros puntos de América. Nuevas preocupaciones por la propia apariencia alimentan vanidades personales, y el deseo de lucir “a la última moda” se transforma en una faceta no menor de los cambios en la vida social que acaecen en la época poscolonial temprana.


(1) Un inglés. Cinco años en Buenos Aires. 1820-1825. Hyspamérica. Buenos Aires, 1986. Pág. 42.

(2) LGM, 08-01-1830, t. IV

(3) LGM, 05-02-1830, t. IV

(4) LGM, 17-10-1832, t. V

(5) LGM, 09-01-1830, t. IV

(6) LGM, 06-02-1830, t. IV

(7) LGM, 07-04-1831, t. IV

(8) LGM, 10-02-1830, t. IV

(9) Ricardo Cicercha, Historia de la vida privada en la Argentina. Buenos Aires. Troquel, 1998. Págs. 118-119.

(10) LGM, 28-01-1830, t. IV

(11) LGM, 12-08-1831, t. IV

(12) César Hipólito Bacle. Estampas de Buenos Aires. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires, 1966.

(13)LGM, 31-10-1831, t. IV

(14) LGM, 22-12-1828, t. III

(15) LGM, 13-03-1824, t. I

(16) LGM, 05-01-1825, t. I

                          

         
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