Colaboraciones























Historiografía y nación en Uruguay.
Resignificación y problematización de los mitemas fundacionales

 
 

Dr. Tomás Sansón Corbo
(Universidad de la República Oriental del Uruguay)

Contenidos esenciales del imaginario nacionalista clásico

En opinión de Gerardo Caetano, "Uruguay nació antes que los uruguayos, el Estado precedió a la nación"(1). Fue necesario "crear" el sentimiento de nacionalidad a efectos de marcar un perfil propio en el concierto Platense. La afirmación de las fronteras terrestres debía acompañarse con la definición de un pasado común. Para concretar su objetivo el Estado  utilizó todos los recursos que tenía a su disposición: sistema educativo, planes de escolarización y alfabetización, propaganda oficial, y revisión de la historia. La investigación histórica cumplió un rol ideológico, sirvió de vehículo para “fundar" la nacionalidad y definir los mitos de origen.

Francisco Bauzá fue de los primeros en contribuir a la creación de un imaginario continentador. En la Historia de la dominación española en Uruguay elaboró un relato creíble de los orígenes (¿míticos?) destinado a precisar los perfiles de la nueva nación entendida como "comunidad imaginada". Durante el período batllista (19803-1930) se profundizaron y enriquecieron los mitemas nacionalistas. Los partidos blanco y colorado disputaron en torno a las posibles fechas de la independencia (25 de agosto y 18 de julio) en el Parlamento nacional, en el entendido de que quien manipula el pasado puede controlar el futuro. José Artigas fue consagrado como  héroe epónimo indiscutido y transpartidario.

En las décadas de 1940 y 1950 Uruguay vivió el punto más alto de la autocomplacencia de su excepcionalidad. La prosperidad de la segunda postguerra generó, por lo menos en los sectores urbanos, sentimientos de seguridad y optimismo generalizado. El crecimiento y consolidación de la clase media fue paralelo con el fortalecimiento de una identidad mesocrática. Los sectores dirigentes intentaron reforzar los lazos cohesionadores del pasado: una conciliación partidocrática pretérita. Esta tarea la cumplió la historiografía tradicional, la "escuela" fundada por Francisco Bauzá se transformó en  versión oficial de la historia nacional. Juan Pivel Devoto fue su máximo exponente.

 

Erosión y cuestionamiento de los mitemas fundacionales

La "nueva síntesis de identidad colectiva"(2), elaborada durante la década del centenario,fue puesta en cuestión por la crisis estructural iniciada a mediados de la década de 1950. La sociedad, en sus distintos estamentos, reaccionó en defensa de sus intereses. En las elecciones de 1958 triunfó el Partido Blanco luego de 93 años de hegemonía colorada y se produjo una rotación en el poder. En 1966 ganó nuevamente el Partido Colorado; el  presidente electo, General Oscar Gestido, falleció el 6 de diciembre de 1967, lo sucedió su vicepresidente, Jorge Pacheco Areco (1967-1972), quien realizó una gestión autoritaria. La sociedad y el espectro político se polarizaron, los sectores proletarios urbanos reclamaron con más energía soluciones a los problemas de inflación, desempleo y pérdida de salario real. La dialéctica violentista se agudizó, progresivamente las fuerzas armadas adquirieron protagonismo político. El 27 de junio de 1973 el Presidente Juan María Bordaberry (pachequista) disolvió el Parlamento y el gobierno pasó efectivamente a manos de los militares quienes lo conservaron hasta el 1 de marzo de 1985.

La crisis deshizo las utopías autocomplacientes. La década de 1960 fue de búsqueda. Se procuraron identificar los problemas estructurales del Uruguay y plantear soluciones. Hubo una reflexión ensayística en torno al ser nacional y a la viabilidad del país.

La historiografía tuvo un momento de auge de la mano de la "nueva historia" (fuertemente influida por la Escuela de los Annales y por historiadores argentinos como Tulio Halperin y José Luis Romero) y de  enfoques renovados de la corriente marxista. Mientras la historia oficial continuaba afianzando los referentes identitarios tradicionales, los nuevos autores procuraron encontrar las razones de la crisis marcando una disidencia discursiva acrática. La publicación de las obras claves de los autores marxistas (Lucía Sala, Julio Rodríguez y Nelson de la Torre) coincidió con uno de los momentos más álgidos de debate sobre la independencia uruguaya; pugnaron fuertemente por la apropiación simbólica del pasado oriental y en especial de la figura de Artigas.

La dictadura cívico-militar ocluyó los estudios historiográficos innovadores y procuró restaurar referentes esclerosados. Tal vez la maniobra más patética en este sentido fue el denominado “Año de la Orientalidad” (1975).

Al despuntar la década del 90, consolidada la democracia y funcionando a pleno los centros académicos, hubo un replanteo de la cuestión historiográfica. Los problemas sobre la fecha de la independencia, el origen de la nación y de la identidad nacional provocaron una revisión crítica de los postulados de la tesis independentista clásica.

 

Problematización y reconfiguración del imaginario nacional clásico

A partir de 1985 hubo intentos de reconfiguración del imaginario nacional clásico que pasaron,  necesariamente, por su problematización. Marcelo Viñar realizó algunas puntualizaciones sobre la realidad de Uruguay a fines del siglo XX que consideramos vigentes: el “Uruguay de hoy se caracteriza por la falta de proyectos e ideales compartidos y por la fragmentación de memorias, por la sospecha de las intenciones del prójimo y la maledicencia en los vínculos personales”(3). Asigna al  autoritarismo de Estado un rol fundamental, desestructurador de una sana relación con la alteridad, factor fundamental para la definición de una identidad colectiva. Durante la Dictadura el “otro”(-enemigo) y “lo otro” (-“ideologías foráneas”),  fueron anatematizados. Existió una dinámica de la exclusión (encarcelamiento,  tortura, exilio, desaparición y censura) que dejó consecuencias perdurables en el plano cultural. La situación postdictadura coadyuvó a generar “condiciones para la declinación de los valores solidarios y el auge del individualismo del sálvese quien pueda. (…) el clima dominante es paranoide” (4).

La crisis estructural primero y, especialmente, el quiebre autoritario después, fragmentaron y destrozaron las ficciones orientadoras gestadas desde la primera modernización. Algunos de los principales “orgullos nacionales” (sistema democrático de gobierno, estabilidad económica y  nivel cultural) evidenciaron su fragilidad. Se diluyeron los nexos fraternales desnudando la ficcionalidad de los filiales: un padre impotente (Artigas) e  incapaz de engendrar la nación (Provincias Unidas) que pretendía; la certidumbre larvaria y latente de ser hijos no deseados engendrados en sórdidas circunstancias ( la Convención Preliminar de Paz) por un connubio pecaminoso (Inglaterra por un lado y Brasil-Argentina por otro).

La sociedad uruguaya está profundamente dividida. La descomposición horizontal se emparenta (¿consecuencia, continuidad?) con la segmentación vertical en relación a los referentes tradicionales, disfuncionales e insuficientes para compensar y/o revertir el malestar de nuestra cultura.

En la batalla por la invención-apropiación de tradiciones convalidadoras (significantes y significativas), los partidos políticos pugnan por manipular el pretérito a efectos de motorizar el futuro según sus intereses.

El surgimiento y desarrollo del Frente Amplio en 1971 requirió de un imaginario convalidador. Los partidos Blanco y Colorado tuvieron sus respectivos “bautismo de sangre” durante el siglo XIX, el Frente Amplio encontró ese mitema fundacional en el período de facto. La asunción de la coalición de izquierdas al gobierno (2005) generó una necesaria relectura de los referentes tradicionales y la entronización de un nuevo pretérito. Este debía adquirir ribetes heroicos y fundacionales en una confusa -y en ocasiones equívoca- “historia reciente (su introducción en los planes de estudio puso en cuestión la narrativa nacionalista tal como la había definido la historiografía oficial blanqui-colorada). Fue necesaria una nueva “historia oficial”: reinterpretación del rol desempeñado por los partidos de izquierda, las organizaciones gremiales y sindicales y la guerrilla tupamara. Personalidades como Líber Seregni, Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz y Raúl Sendic comenzaron a recibir homenajes oficiales.

Junto al surgimiento de nuevos referentes que se pretenden “nacionalizar”, continúa la pugna por la apropiación de los tradicionales. Diversos factores estructurales (relacionados con la endeblez de los argumentos articulados por la historia oficial para convalidar sus asertos de carácter paralitúrgico y la consiguiente fragilidad identitaria de los uruguayos) y coyunturales (derivados de la interminable polémica sobre la fecha de independencia y la inminencia de los bicentenarios del ciclo iniciado en 1811 con la gesta artiguista y culminado en 1830 con la Jura de la Constitución) plantean una resignificación de las efemérides patrias.

En el 2006 surgió una fuerte polémica cuando el Presidente Tabaré Vázquez propuso establecer una sola fecha patria, sustitutiva y unificadora de las vigentes (18 de mayo, 19 de junio, 18 de julio, 25 de agosto) (5).

Para completar y complicar el panorama debe indicarse que en el Departamento de San José, desde comienzos del siglo XX, se celebra el 4 de octubre como el Día de la Independencia. Se evoca la ratificación de la Convención Preliminar de Paz por parte de Montevideo que tuvo lugar ese día de 1828. Para justificar esta postura los maragatos refieren la tesis de un historiador local, Vicente Caputti (1883-1939). Se trata de un acto oficial al que concurren autoridades departamentales, la banda municipal y delegaciones escolares y estudiantiles de toda la ciudad (6).

Un país que discute ad infinitum estos temas carece de las certidumbres lógicas de una nación consolidada (7). En una encuesta de 1999, la consultora Cifra informó que el 56% de los encuestados no sabía qué se celebraba el 18 de julio, el 38% no lo recordaba y el 15% mencionó otro acontecimiento (8); en el 2005 “en el programa Zona Urbana, se consultó a estudiantes universitarios y del IPA, a legisladores incluso, y muchos no sabían el significado de las fechas patrias”(9) . Las cifras son elocuentes y eximen de todo comentario.

La resignificación y problematización de los referentes identitarios tradicionales pasa no solo por los campos académico y político, sino por otros más pedestres. Nos referimos fundamentalmente, aunque no únicamente, a ciertos foros de Internet donde los internautas polemizan (de manera graciosa, irreverente y, en la mayoría de los casos, con poco fundamento) sobre algunos de los mitemas fundacionales, especialmente aquellos que se establecen por contraste con una alteridad. Durante el 2006, en un foro titulado “Uruguay provincia argentina?!!” (10) resurgió este viejo problema. En una nueva y postmoderna modalidad de debate, se esgrimieron argumentos conocidos y personajes venerables, junto con razonamientos insólitos y fundamentaciones risibles.

Las particulares circunstancias en que el Uruguay emergió a la vida independiente y la posterior operativa patriótico-nacionalista por justificar históricamente lo injustificable determinaron que la relación con su pasado y la propia naturaleza de sus referentes identitarios fueran complejas. El ser nacional uruguayo siempre estuvo en cuestión, desde los tiempos mismos en que comenzó la operación encrática de fijar sus referentes fundacionales. Vivimos un tiempo de fuerzas dispersivas que descomprimen y desdibujan el ser nacional tal como lo evidencian la “patria peregrina”, cada vez más grande, y la creación del “Departamento 20” (especie de Intendencia virtual para atender a los uruguayos residentes en el exterior). La construcción del “nosotros” se realizó sobre cimientos endebles que no soportan los embates de un mundo globalizado y del proyecto mercosuriano que exigen fortaleza cultural-identitaria. Uruguay no la tiene (¿alguna vez la tuvo?). Las estructuras del país “hiperintegrado” se resquebrajaron y pusieron en evidencia una fragmentación socio-económica y cultural a esta altura tan irreversible como las “fracturas de la memoria” estudiadas por Viñar.

Las élites dirigentes se han mostrado incapaces y carentes de imaginación para crear nuevas ficciones orientadoras. Carecemos de utopías y, ante la endeblez de las tradiciones, ni siquiera las retropías (11) coadyuvan a la cimentación de lazos cohesionadores que fijen un imaginario, y por ende, un rumbo.

 

(1) CAETANO, Gerardo, Identidad nacional e imaginario colectivo en Uruguay. La síntesis perdurable del Centenario, en ACHUGAR, Hugo - CAETANO, Gerardo, Identidad uruguaya: ¿mito, crisis o afirmación?, Montevideo, Trilce, 1992, p. 81.
(2) ACHUGAR, Hugo - CAETANO, Gerardo (Compiladores), Identidad uruguaya: ¿mito, crisis o afirmación?, Montevideo, Trilce, 1993, tercera edición.  p. 86.
(3) VIÑAR, Marcelo, Memorias fracturadas. Notas sobre los orígenes del sentimiento de nuestra actual identidad nacional”, en  ACHUGAR, Hugo - CAETANO, Gerardo, Identidad uruguaya: ¿mito, crisis o afirmación?, Montevideo, Trilce, 1992, p. 38.
I(4) bid., p. 44
(5) BARDESIO, Miguel, Polémica por nuevo calendario patrio, en El País, 1 de octubre de 2006.
(6) Cf. ALVAREZ, José Luis, Defienden tesis de "verdadera" fecha de historiador Caputti, en El País, 3 de octubre de 2008.
(7) Uruguay parecería ser un equívoco de la historia, que se reflejaría en la celebración del 25 de agosto de 1825 como día de la independencia. La independencia proclamada en esa instancia fue de la Provincia Oriental en relación al imperio del Brasil y a cualquier otro poder extranjero; simultáneamente, se estableció la unión con las Provincias  del Río de la Plata y la utilización de su pabellón.
(8) Cf. BARDESIO, Miguel, Polémica por nuevo calendario patrio, en El País, 1 de octubre de 2006.
(9) Ibid.
(10) http://comunidad.terra.es/forums/default.aspx?GroupID=73
(11) RICO, Alvaro, El orden de los simulacros y el orden social en la restauración democrática, en RICO, Alvaro (Compilador), Uruguay: cuentas pendientes. Dictadura, memorias y desmemorias, Montevideo, Trilce, 19


 

         
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