Colaboraciones

 


























"Los valesanos tras la esperanza americana..."

 
 

Jorge Eduardo Padula Perkins

 
"Prèparòns-nous, chers amis du voyage,
Le jour du dèpart est enfin arrivé.
Disons adieu aux amis du village;
Pour I Amèrique il faut nous embarquer"

 

 


De este modo, en 1857 el campesino Jean Rudaz cantaba al momento de abandonar su pueblo de Vex en el cantón suizo de Valais. Preparémonos compañeros de aventura –decía en la lengua francesa propia del bajo Valais- el día de partir finalmente ha llegado. Digamos adiós a nuestra querida comuna; rumbo a América saldremos embarcados[1].

Es que América, y en particular la Confederación Argentina, ofrecía para entonces una perspectiva amplia de esperanzas, de vida digna para el agricultor, en tierras fértiles y en un país abierto a “todos los hombres del mundo” (como reza la Constitución Nacional) que quisieran habitar su suelo.
Desde 1848 habían comenzado los problemas en Suiza, sin que el Valais fuese excepción, cuando una ley prohibió a los nacionales servir a países o reinos extranjeros, debido a lo cual gran cantidad de mercenarios se vieron impelidos a regresar a sus pueblos, sin trabajo ni recursos.

Hacia 1850 la miseria se sentía en el cantón debido a ese exceso de población y la falta de tierras, a los que se sumaron inundaciones del río Ródano y frecuentes incendios masivos en sus casas de maderas alineadas al margen de calles estrechas que facilitaban la expansión de las llamas.

Es así como salen del Valais los carros que transportan a las primeras familias que dejan sus pueblos en busca de la promesa americana. Hombres, mujeres y niños junto a baúles, cajas, bultos y herramientas, marchan hacia el puerto francés de Havre. Son todo lo que llevan, llevan todo lo que tienen. Pertenencias y esperanzas se hamacan al compás de la larga travesía.
Las advertencias, aunque contundentes, habían tenido menos fuerza que la ilusión de una vida mejor. Dramáticas alegorías había publicado la prensa local, que no eran suficientes para frenar el impulso emigrador. Así por ejemplo el “Courrier du Valais” del 6 de septiembre de 1855 había señalado que “Si hay en la vida humana una circunstancia solemne es aquella en que el hombre, deseoso de un porvenir mejor, deja los lugares que lo vieron nacer para ir bajo un cielo extraño, en busca de bienes que cree no poder encontrar en su patria”, a lo que se agregaban descarnadas descripciones tales como la de una madre que “cerrando contra su pecho a su reción nacido, le pregunta al fiel compañero de sus hazañas no si ellos mismos sino sus hijos, serán felices en la tierra extraña”[2].

Salieron los Dupraz, los Addy, los Rudaz, los Favre, los Micheloud, los Bonzon, los Thenisch...y muchos otros[3] , persiguiendo la esperanza de hallar un lugar en donde ejercer su oficio de agricultores sin las limitaciones de una naturaleza estéril.

Pero esos hombres y mujeres de la tierra debían enfrentar al mar...”Por algún tiempo no veremos ya la tierra” anticipaba la canción de Rudaz, arriesgando inclusive la posibilidad de tener que enfrentarse a tempestades, pero, católicos como eran, confiaban en que Dios dictaría su destino: “Car Dieu lui-même dictera notre sort” y en el poder de una humilde oración.

Ochenta días a bordo de un barco a velas duraría la travesía. Ochenta días y ochenta noches en que las plegarias eran el único consuelo ante el hacinamiento de tantos grupos familiares en lugares oscuros, húmeros y nauseabundos, en donde los alimentos se agotaban y el agua se descomponía. Trescientas cincuenta y una personas del cantón de Valais (algunos de la Alta Saboya y pocos de Piamonte) atravesaban el mar soportando hasta lo insoportable en busca de un mundo mejor.

Llegados al puerto de Buenos Aires, los inmigrantes se encontraron con una nueva y desagradable sorpresa, dado que el contrato de colonización para la formación de centros agrícolas en la provincia de Corrientes en virtud del cual habían viajado estaba vencido.

Fue entonces cuando Carlos Beck, uno de los socios de la empresa europea Beck, Herzog y Compañía, dedicada a la emigración e involucrada en la firma de aquel contrato, decidió actuar en tanto su empresa había puesto en juego ante el gobierno suizo una fianza en resguardo de sus súbditos. Se dirigió para ello al presidente Justo José de Urquiza, y obtuvo su autorización para una instalación colonial en tierras de la provincia de Entre Ríos, mediante el otorgamiento de 20 cuadras de terreno a cada familia, dinero para establecerse y empezar a trabajar y alimentos por un año [4]

El destino inicial de los colonos, que a todo esto esperaban en el puerto de Buenos Aires, serían los campos de Ibicuy. Comenzaba de este modo el segundo tramo del viaje de aquellos inmigrantes, valesanos en su neta mayoría, hacia el destino en el que habían puesto todas sus esperanzas. “Por qué llorar y alimentar la tristeza, cuando todo lo nuestro debemos abandonar?. El mismo Dios nos ha hecho la promesa de reencontrarnos en la Santa Ciudad” seguirían cantando para entonces los sufridos valesanos al retomar la marcha.

A principios de junio de 1857 los colonos desembarcaban en Ibicuy, al sur del departamento de Gualeguay. Pero una creciente del Paraná demostraría pronto que no era ese el lugar más propicio para el asentamiento agrícola. Por orden del general Urquiza, el agrimensor francés Carlos Sourigues, encargado de la delimitación colonial, dispuso entonces el traslado de los colonos a la Calera de Espiro, al norte de Concepción del Uruguay.

La goleta “Rey David” y el patacho “Facio” recibieron entonces a aquellos peregrinos y los trasladaron por el río Uruguay, a cargo del suizo Carlos Marty, representante de Beck y Herzog, para arribar a la Calera de Espiro el 1 de julio. El consumo durante la travesía fue de cerca de 370 kilos de galletas y la carne de dos vacunos.

“Cuéntase –dice Schobinger- que el primero en saltar a tierra fue un componente de las varias familias Delaloye que integraban la expedición” [5].
Sostiene Macchi al respecto que “Para el 28 de junio hallábanse navegando rumbo al punto prefijado, el núcleo de inmigrantes que jugaría un rol de importancia en el movimiento colonizador de Entre Ríos. En esa fecha y a bordo de la goleta “Rey David” su patrón Miguel Palma extiende un recibo por provisión de galleta a los inmigrantes” [6].

Posteriormente los equipajes e implementos agrícolas, que habían quedado al cuidado de 14 colonos, fueron trasladados en los lanchones “Niño Prudente”, “San José”, “La Julia” y otros.

Los colonos se asentaron entonces en cercanías de la costa, en casas improvisadas hasta el momento de la delimitación definitiva de los terrenos que les serían asignados. El agrimensor Sourigues dice en una carta remitida a Urquiza con fecha 2 de julio de 1857 que “los colonos llegaron ayer a este punto” y que “están todos en tierra y se ocupan de hacer sus ranchitos para los primeros días” [7].

Mayores detalles ofrece Peyret, quien señala en relación con el asentamiento que “unos ganaron el galpón donde se depositaba la cal; otros se introdujeron en el horno...improvisaron abrigos debajo de los árboles...formaron carpas con sábanas, amontonando baúles y cajones..” [8].

De este modo, en comunión obligada con la naturaleza, los colonos pasaban sus primeros días en las costas del río Uruguay, donde se halla actualmente la ciudad de Colón. Allí, siguiendo a Peyret, “la caza era abundante en la selva y en el campo donde los avestruces y los venados pastoreaban fraternalmente con las vacas y las yeguas. Los carpinchos y las nutrias pululaban en los arroyos; los patos en las lagunas; las perdices en los pajonales; bandadas de palomas y cotorras oscurecían el cielo, sin contar los tordos, los teruteros, los flamencos, las bandurrias y un sinnúmero de otras aves; de manera que los colonos, todos buenos tiradores, tenían como divertirse y añadir manjares suculentos a la ración de carne que se les distribuíra” [9]

No obstante, un movimiento más les esperaba, ya que, dadas las dificultades que la ribera presentaba para la actividad agrícola por sus características pedregosas, los lotes comenzaron a entregarse desde una legua de la costa hacia el oeste y luego hacia el norte, hasta el arroyo Perucho Verna.
Para el 3 de agosto las tareas de deslinde y amojonamiento de los lotes, que seguirían hasta fines de ese mes, ya ofrecían resultados concretos en tanto que las primeras familias comenzaban a tomar posesión de sus terrenos. El agrimensor Sourigues dejó la zona a fines de agosto de 1857, tras haber delimitado 160 parcelas, aunque no todas serían ocupadas en un primer momento.

Comenzaba entonces la tarea de la construcción, para lo cual era utilizada la piedra y la cal abundante en la región.
Por otra parte, durante el transcurso de aquel mes de julio arribaron al lugar otros contingentes originarios en su gran mayoría del Valais. “Llegaron –asevera Macchi- por lo menos dos expediciones más, una compuesta de 85 personas, el día 15, y la otra de 83, el 17” [10] . De ese modo el número de personas asentadas durante julio de 1857 en la región superó ligeramente las quinientas, grupo al que puede considerarse globalmente como fundador de la colonia, en tanto se completó cuando todavía los primeros inmigrantes arribados al lugar se hallaban provisoriamente alojados en la costa del río Uruguay y el agrimensor Sourigues avanzaba en su tarea de delimitación de los terrenos.

Allí estaban entonces los inmigrantes, con los pies sobre la tierra soñada. En su gran mayoría suizos del Valais, de habla francesa, en un 90% católicos, eran los fundadores de la colonia San José. Los que entonaran al partir las estrofas de la canción de Rudaz, los que la seguían cantureando en suelo entrerriano, como un himno de esperanza y sin imaginar siquiera que, generación tras generación, llegaría hasta nuestros días: “Nous partirons avec bonne espèrancè / Que Dieu là-bas nous préserve du malheur” (partiremos portando la buena esperanza / de que Dios nos preserve de los sinsabores).
Cada familia firmaba un contrato, cuyo texto se presentaba en castellano y en francés, y según el cual recibiría de Urquiza 16 cuadras de terreno, cien pesos que serían entregados a la administración y empleados por ella para comprar por cuenta de la familia y de un mutuo convenio objetos de primera necesidad, así como semillas, cuatro bueyes de labranza, dos caballos, dos vacas lecheras con su cría, madera y leña y la manutención de la familia durante un año desde su llegada a la colonia, a razón de diez libras de carne y tres libras de fariña por día para cinco personas adultas. Como contrapartida, quedaba establecido el plazo de cuatro años para el reembolso del capital y los intereses correspondientes a los citados rubros.

Por otra parte, los colonos tenían la obligación de permanecer en la tierra y trabajarla hasta la cancelación de la deuda y aun después, su venta quedaba condicionada a la predisposición del comprador a continuar desarrollando las tareas de agricultor en ella.

Quedaban de ese modo plantadas las semillas de la colonia San José: Aquellos hombres, mujeres y niños que a través del tiempo y las generaciones habrían de trocarse en raíces profundas y frutos saludables, intrínsecamente dotados de añoranza por su tierra madre y siempre renovadas esperanzas en el germen americano.

La administración, en un principio a cargo del mismo Sourigues, pasó a fines de 1857 a manos de su compatriota Alejo Peyret, quien había arribado al país cinco años antes, en tanto que los inmigrantes velaban por los intereses colectivos mediante el Concejo Municipal. El mismo estaba compuesto por cinco miembros, elegidos por sus pares de entre los colonos, con la capacidad de formular sus puntos de vista y objeciones a la administración y de presentar proyectos destinados al bien común.

No faltó el caso en el que la remembranza y el dolor del desarraigo resultaran insoportables, pero la mayoría enfrentó estoicamente el destino elegido.
No bastó entonces que la langosta y la sequía arruinasen la primera cosecha de maíz para doblegarlos; no fue suficiente que el administrador tuviese que pedir al presidente Urquiza una extensión de la manutención familiar de los agricultores, debido a esa cosecha malograda a tan solo un año de su asentamiento, para quebrar su moral.

Seguían trabajando en el maíz, el trigo, la papa, el algodón, el maní, el tabaco y, finalmente, en los árboles frutales; y sumaron maquinaria a su férrea voluntad y el incentivo financiero y moral del general Urquiza.
Con el devenir de los meses y de los años la colonia iba prosperando. Tanto es así que algunos de sus habitantes no se contentaban con manifestar su entusiasmo en las cartas que enviaban a sus familiares o amigos en Suiza, sino que los inducían a trasladarse al lugar. Estos incentivos, sumados al accionar de las agencias de emigración y del presbítero Lorenzo Cot, que en 1859 viajaba por orden de Urquiza a Suiza para activar la inmigración, y se encontraba inclusive con las autoridades del cantón del Valais, favorecieron el ingreso de nuevos grupos de emigrados suizos, en especial valesanos, al país y a San José en particular.

“Avant de partir dens le nouveau monde, / Buvons ensamble quelques verres de bon vin”, seguirían cantando los vecinos que años antes habían escuchado a Rudaz a la hora de la partida: Antes de partir hacia el nuevo mundo, que el vino llene nuestros vasos vacíos.
A fines de 1859 un grupo de valesanos partió de su tierra acompañando al presbítero Cot. “La primera expedición salió de Burdeos el 20 de septiembre; la componían 28 familias suizas, 3 saboyanas y 3 alemanas; en total, 179 personas. Llegaron el 8 de diciembre a San José” [11] . Otros grupos que llegaron a completar 1500 individuos eran de origen saboyano y piamonteses de apellido francés.

Entre junio de 1860 y octubre de 1861 siguieron ocho olas migratorias considerables [12] .
En abril de 1861 comenzó a funcionar la escuela, cuya construcción estuvo a cargo de los mismos colonos. Más tarde se crearía la comisaría y el juzgado de paz (1862) y finalmente la municipalidad, por decreto del 11 de agosto de 1863.

Para entonces y como seis años atrás, aunque con la seguridad de un establecimiento organizado y un lugar que ya se comenzaba a conocer, los valesanos repetirían y enseñarían a sus hijos aquellos versos finales de la canción de Rudaz que hablaban de partir a la aurora y de brindar con el vaso pleno de vino sin dejar caer lágrimas y vivando a los americanos:

"Tenons-nous prêts à partir à l’aurore,
Chantons le verre tout plein de bon vin;
Nous I’avons dit, rèpètons-le encore:
Point de chagrin, vive les Amèricains!"


Notas

[1] Carron, Alexandre y Chistophe, Nos cousins D’Amerique, Histoire de émigration valaisanne au XIX siécie, tomo I, Editions Monographic S.A., Sierre, Suisse, 1990, p.95.
[2] Ibid., p.19.
[3] Schobinger, Juan, Imnigración y colonización suizas en la República Argentina en el siglo XIX, Instituto de Cultura Suizo-Argentino, publicación N° 1, Buenos Aires, 1957, p.103.
[4] Sobre este punto existen versiones encontradas. Una de ellas referida por Schobinger (ob.cit.) afirma que “tras una primera entrevista fracasada con Urquiza, obtuvo por consejo de Castellanos”, “la mediación del doctor Benjamín Victorica, yerno del general” y que el caudillo, “hasta entonces reacio a dejar invadir su provincia por los gringos, supo comprender que estaba en juego el prestigio del país y el suyo propio”. La otra, sostenida por Macchi (Urquiza colonizador) desde su apologética visión de Urquiza, asegura que no se ha encontrado en el archivo del Palacio San José ninguna referencia sobre la negativa inicial del presidente da la fundación de la colonia. Lo cierto es que Back obtuvo el apoyo necesario.
[5] Ibid., p.101.
[6] Macchi, Manuel E., Urquiza colonizador. La Colonia San José. Fundación de la ciudad de Colón, Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos, Palacio San José, Museo y Monumento Nacional “Justo José de Urquiza”, serie III, N° 3, Buenos Aires, 1949, p.47.
[7] Ibid., p.48.
[8] Peyret, Alejo, Una visita a las colonias argentinas, Tomo I, Buenos Aires, 1889, p.10.
[9] Ibid., p.10.
[10] Macchi, Manuel E., Ibid., p.52.
[11] Schobinger, Juan, Ibid., p.107.
[12] En uno de estos contingentes inmigraban varias familias del alto Valais, protestantes de habla alemana, que constituirían una minoría en la colonia San José.

         
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