Colaboraciones

 


























Orígenes del nombre Buenos Aires

 
 

              El topónimo Buenos Aires apareció por primera vez en 1535 al erigir don Pedro de Mendoza el asentamiento que sería el origen más remoto de la actual ciudad. Llamó al ancladero de las naves Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire, en homenaje a “Nostra Signora di Bonaria”, patrona de los navegantes, cuya devoción —extendida por todo el Mediterráneo— procedía de la ciudad sarda de Cagliari. Se supone que de Cerdeña pasó este culto a Sevilla, donde existe una imagen de Nuestra Señora del Buen Aire que es venerada en el Palacio de San Telmo y otra en la iglesia parroquial de San Bernardo.
            Según la tradición, una nave española en travesía hacia Italia sufrió una tempestad; los marinos arrojaron los bultos al mar y entre ellos fue una caja de madera que quedó flotando y los guió a buen puerto; al abrirla se encontraron con una imagen de la Virgen, a la que más tarde una peregrina ofrendó —como ex voto— una navecilla de marfil; y siempre se creyó que la proa de esta nave señala el rumbo del viento que sopla de alta mar.
            En la época de la expedición de Mendoza, la devoción por la “Vergine di Bonaria, Patrona Massima della Sardegna e Madonna dei Sardi” estaba muy popularizada entre los marinos españoles, especialmente en los puertos de Levante. Por lo tanto, la leyenda de que el nombre Buenos Aires surgió de una exclamación de Sancho del Campo —“¡Qué buenos aires hay en esta tierra!”—, no es más que eso: una leyenda. Igualmente inexactas son las versiones que derivan el nombre Buenos Aires de la traducción del topónimo árabe Madrid, o de unas palabras en guaraní que escucharon los conquistadores al llegar al Río de la Plata.
            Enrique de Gandía afirma que “Don Pedro de Mendoza, como la mayoría de los navegantes andaluces de aquellos tiempos, tenía veneración por Nuestra Señora del Buen Aire y es posible que haya tenido a bordo una imagen de la Virgen como la que existe en el Convento de los Padres Mercedarios de Cagliari (...). La única que don Pedro de Mendoza pudo traer en su navío y dio su nombre a la actual capital de la Argentina [y con el tiempo a la actual provincia de Buenos Aires], era una Virgen de pie con un Niño Jesús en el brazo izquierdo y una navecilla con tres velas en la mano derecha. La Virgen y el Niño llevan sendas coronas. El manto de la Virgen era verde, y el corpiño, rojo. El Niño sostenía un mundo con la mano izquierda y levantaba la derecha en acción de bendecir”.
            José Torre Revello, por su parte, cree que la elección de esta advocación religiosa para el nombre de la nueva población puede haber surgido por sugerencia de los frailes Juan de Salazar y Juan de Almacián, que acompañaban a Mendoza y eran mercedarios, es decir, de la orden en cuyo monasterio de Cerdeña se veneraba a Nuestra Señora del Buen Aire.
            Ahora bien, el nombre oficial de Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire ya comenzó a reducirse, por economía lingüística, a poco de fundada la población. Así, en las instrucciones del 20 de abril de 1537 dice “Nuestra Señora de Buenos Aires”, y en las del día 21, “Puerto de Nuestra Señora de Buenos Aires”. En tiempos de la expedición de Garay aparece “Santa María de Buenos Aires”, “Puerto de Buenos Aires”, “Puerto de Santa María de Buenos Aires”. En una carta de Hernando de Montalvo de 1585 aparece “Ciudad y Puerto de Santa María de Buenos Aires” e incluso “Buenos Aires”. Es evidente que, más allá de los registros escritos, que siempre están más atentos a lo protocolar, el hablante de fines del siglo XVI debía decir simplemente “Buenos Aires”.
            Como es sabido, en 1580 Garay concretó la empresa de repoblar el malogrado asentamiento de Mendoza. “Hoy sábado día de Nuestro Señor San Bernabé —dice el acta de fundación—, once días del mes de junio del año del nacimiento de Nuestro Redentor Jesucristo de mil y quinientos y ochenta años, estando en este Puerto de Santa María de Buenos Aires, que es en las provincias del Río de la Plata intitulada nuevamente la Nueva Vizcaya, hago y fundo en dicho asiento y puerto una ciudad (…) y la dicha ciudad mando que se intitule la Ciudad de la Trinidad”.
            Como puede verse, Garay respetó en parte el nombre elegido por Mendoza, pero irónicamente los que él instituyó acabarían desapareciendo. La denominación Nueva Vizcaya, en principio, nunca tuvo arraigo popular, a diferencia de otras —Córdoba de la Nueva Andalucía, Todos los Santos de la Nueva Rioja— pues seguramente fue una imposición del Adelantado Ortiz de Zárate, oriundo de aquella región. En cuanto a la ciudad, tampoco conservó el nombre de Trinidad, sino que terminó asimilando el del puerto, elemento al que debería, finalmente, su desarrollo.
            La vacilación en el uso del nombre correcto de la ciudad alcanzó a los documentos públicos, como lo demuestra este de Francisco de Alfaro de 1610: “En el puerto de Buenos Aires los indios de las islas se procuren reducir y se reduzcan en las que con comodidad pudiesen y los de la pampa en la que tienen comenzada a hacer y va haciendo Bagual en el río Luján o donde lo hiciere conforme trató conmigo en Buenos Aires”. En los documentos recogidos en Mercedes de tierras hechas por los gobernadores a nombre del rey (La Plata, Archivo Histórico de la Provincia, 1979), y que están datados a fines del siglo XVI y primera mitad del XVII, se usan indistintamente “Ciudad de la  Santísima Trinidad Puerto de Buenos Aires”, “Trinidad Puerto de Buenos Aires”, “Ciudad de la Trinidad” o simplemente “Buenos Aires”.
            El nombre Buenos Aires tiene que haber sido forzosamente más usado en el habla que Santísima Trinidad, ya que en 1617, cuando se dividió la Gobernación del Río de la Plata en dos, una de las nuevas jurisdicciones se llamó Gobernación de Buenos Aires. Pero esta denominación tenía una implicancia jurídica y territorial muy diferente a la que puede pensarse hoy en día, ya que comprendía las tierras de la actual provincia de Buenos Aires, Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, la Patagonia y el Gran Chaco. La administración de lo que sería propiamente la provincia de Buenos Aires correspondía al Cabildo, que tenía ingerencia en los asuntos no sólo de la ciudad, sino también de la campaña.
            El término “provincia”, de origen latino y ligado a la expansión del Imperio Romano, también era frecuente en este período de dominación hispana. En 1776 se designó a don Pedro de Ceballos “virrey, gobernador y capitán general de la Provincia del Río de la Plata”, base de lo que sería inmediatamente el Virreinato. El territorio virreinal estaba integrado por las gobernaciones de Buenos Aires, Tucumán y Paraguay y las provincias de Chuquisaca, Cochabamba, Potosí, La Paz y Cuyo. En 1778 se creó además —y para definitiva consagración del nombre Buenos Aires— la Intendencia de Buenos Aires, cuyo titular ejercía funciones de justicia, policía, hacienda y guerra. También se extendió el nombre Buenos Aires a la Real Audiencia (1783), al Consulado (1794) y al Gobierno Intendencia creado por el Triunvirato en 1812.

                                                                                                                     Guillermo Pilía

Guillermo Pilía (La Plata, 1958) es graduado en Letras de la Universidad Nacional de La Plata. Fue director de Museos, Monumentos y Sitios Históricos de la Provincia de Buenos Aires entre 1987 y 1991. Posteriormente pasó a integrar el equipo profesional del Archivo Histórico “Dr. Ricardo Levene”. Entre sus trabajos vinculados a temas históricos se encuentran La catedral de La Plata, obra de la que escribió varios capítulos; Historia de la literatura de La Plata, en coautoría con María Elena Aramburu; y Toponimia de la provincia de Buenos Aires.

         
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