Colaboraciones

 

 

Las importancia de los “viajeros” para el conocimiento del Interior en los primeros años de la independencia

 
 

Fueron numerosos los viajeros que, a comienzos del período independiente, movidos por razones de la más diversa índole, llegaron al Río de la Plata para luego, muchos de ellos y, de acuerdo a sus intereses, generalmente de carácter comercial, dirigirse a las diversas provincias.

También es sabido que la mayor parte de ellos eran de origen británico, seguido por franceses, alemanes, italianos, holandeses y belgas. Es que, los nuevos territorios americanos atrajeron a los europeos deseosos de informarse por un lado, de posibles inversiones y acciones comerciales que podían emprenderse, y por el otro, a naturalistas o simples viajeros que anotaban las vivencias de su viaje con nítidas y detalladas semblanzas.

Las noticias de la revolución de 1810 fueron recibidas en Inglaterra con felicidad acompañada de grandes expectativas, en forma muy especial por el sector comercial, puesto que sabía de los potenciales negocios que podían realizarse por estos parajes.

Sus conocimientos provenían prioritariamente de las relaciones nacidas de la ocupación británica de Buenos Aires y Montevideo y de los contactos que se mantuvieron entre 1807 y 1810 (1).

Además, en los primeros años de la revolución americana, las autoridades inglesas estaban persuadidas de que, en gran medida, la guerra contra Francia sólo podías sostenerse mientras que se mantuviera el comercio con Hispanoamérica; por ello, ante la intransigente posición de España con respecto a sus perdidas colonias, resolvió no reconocerlas pero mantener, sin embargo, un constante y creciente comercio con aquellas.

Caído definitivamente Napoleón, el interés británico por el comercio americano se mantuvo incólume y ante la permanente negativa de Fernando VII (2) a aceptar la nueva situación americana, reconoció la independencia de varias naciones; en el caso de Argentina lo hizo el 1º de enero de 1825, firmando el pertinente tratado el 25 de febrero del mismo año.

Ante esta nueva situación, varias empresas comerciales enviaron a diversos agentes a fin de obtener informaciones precisas sobre las diversas posibilidades que ahora se les presentaban sin ningún tipo de trabas.

En la época en que según expresaba Morinigo que en “correspondencia con la expansión industrial, comercial y empresaria de esos siglos, tales libros obedecieron fundamentalmente a la necesidad creciente del hombre europeo de conocer mundos lejanos y exóticos expuestos por aquel movimiento expansivo a su curiosidad” (3) y en ellos fue donde realizaron un registro objetivo y detallado de la realidad americana, afirmando que esos viajeros eran hombres que estudiaban el dato que iban a proporcionar ya que de “la visión ajustada de la realidad que observaban dependía el éxito de los objetivos de empresa que los trascienden”.

Cabe señalar que la mayoría de los viajeros centraban su interés generalmente en aspectos iguales o semejantes, tales como la descripción de los caminos y del paisaje, las costumbres, los personajes, el comercio, la producción de las diversas zonas y las posibilidades de realizar inversiones. También es posible afirmar que estos viajeros analizaban sus vivencias con una clara visión de marcada, la más de las veces, imparcialidad, lo cual transforma a sus relatos en informes de alto valor documental.

Carlos Aldao en el prólogo de la edición del libro de Head manifestó que sus descripciones, y esto es válido para los viajeros en su conjunto, “tienen mayor interés hoy para nosotros que el que tuvieron probablemente para los lectores británicos cuando se publicaron por primera vez” y explicaba que esto era porque los escritores nacionales de aquellos años simplemente no describían dichas cosas porque “sencillamente formaban parte del Ejemplificaremos lo antedicho con el viajero británico Andrews, quién con palabras valederas para los muchos narradores extranjeros, al explicar su posición frente a las numerosas novedades que observaba permanentemente. Decía al respecto que “quiero dejar constancia de mis impresiones de forastero y de detalles de costumbres nacionales con las que estuve en contacto” (5). Andrews llegó a Buenos Aires el 26 de marzo de 1825 interesado particularmente en explorar los minerales de Famatina; viajó por el camino del norte hacia Bolivia dejando relatos referidos a Córdoba, Tucumán y Salta. En 1827 se publicó en Londres la obra “Viaje de Buenos Aires a Potosí y Arica en los años 1825 y 1826” a la cual hemos de referirnos.

Como se lleva dicho, la descripción de los caminos y paisajes es uno de los temas salientes. Andrews expresaba del que iba de Buenos Aires a Córdoba que el mismo era de quinientas millas, lo cual es exacto y que las primeras cien eran una “llanura muerta...que contiene aquí y allá un pantano, inconveniente para que lo pase un carruaje pesado”. En efecto, la región noroeste de la provincia de Buenos Aires tenía varias zonas anegadizas y pantanosas, muchas de ellas desocupadas tanto de personas como de ganados. No aportaba más datos sobre las características del mismo hasta entrar en Córdoba y cruzar el Saladillo destacaba la “sólida marga del cauce que está mezclada con conchas calcinadas”. Luego de pasar la posta de Barrancas se llegaba al Fraile Muerto (Bell Ville) “donde comienza la subida”. A partir de allí indicaba que “la mirada se alivia de la penosa, negra uniformidad de las pampas. La naturaleza acrecienta en belleza a medida que continúa la ascensión y se presenta un variado y rico espectáculo. Pronto cambia esta variada perspectiva en denso matorral que se mantiene casi todo el camino hasta Córdoba, salvo en la vecindad del río Tercero y de otros arroyos que lo interceptan”. El río Tercero lo cruzaron por la posta del paso de Ferreyra, hoy Villa María.

La impresión que le causó el camino de Córdoba a Tucumán era de que el mismo consistía en una “mísera ruta pedregosa que a cada instante amenazaba romper las ruedas. El campo se parecía mucho a un distrito mineral, presentando en distancia de ocho leguas una serie de cerros graníticos -se refería a las últimas estribaciones orientales de las Sierras Chicas- que terminaba en la Chacarita”.

La noche la pasaron en la posta de Sinsacate y Andrews no perdió la oportunidad de hacer una colorida descripción de las ruinas jesuíticas del lugar: “Muchas fábricas arruinadas, acueductos disgregados, campos prolíficos de flores silvestres y yuyos ... presentaban un triste cuadro” y agregaba que los propietarios de aquellas tierras “parecen haber sido del todo indiferentes al dilatado campo de progreso que los primeros ocupantes cultivaron. La cantidad de utensilios de plata y la abundante comida que el actual propietario suministra gratis a los pasajeros, demuestran cuan ricas y abundantes deben haber sido las migajas caídas de las mesas de los jesuitas”.

De Sinsacate pasaron por Barranca Yaco hasta llegar a Ojo de Agua, ya en Santiago del Estero. El camino de la actual Jesús María, siguiendo por Sinsacate hasta la Villa del Totoral, es actualmente de tierra y corre paralelo a la ruta nacional número 9. De la posta de Ojo de Agua destacó que por primera vez no lo atacaron durante las noches las vinchucas; al día siguiente llegaron a Santa Cruz, siendo el camino un desierto arenoso. En el camino a Pozo de Tigre cruzaron una manga de langostas que devastó el campo en una franja de quince kilómetros de ancho. El 27 de junio de 1827 llegaron a Pampa Grande a orillas del río Saladillo – afluente del Dulce- luego de recorrer alrededor de cien kilómetros.

Describe la región como un llano de numerosas lagunas – se refiere a los numerosos bañados que surten al Saladillo-, refugio de gansos silvestres, cisnes, patos y variedad de otras especies de aves. El 28 llegaron a la posta de Tarija Pampa luego de atravesar una “selva sin caminos”. El mismo paisaje los acompañó durante el siguiente día hasta alcanzar la posta de Carmela Achával. La continuación de la travesía desde Santiago, donde habían arribado el 1º de julio fue “cruzando un monte tupido casi impenetrable donde sólo había camino como para dar paso al carruaje con muchos inconvenientes por las ramas que sobresalían arriba”.

Andrews no realizó mayores comentarios del camino de Santiago a Tucumán ya que sólo indicó que pasaron por Vinará, situada según él a seis leguas de Santiago –en realidad está a doce leguas- y que luego anduvieron por el terreno llano de un hermoso país y algo más adelante aseguraba que a pesar de los “malos caminos por todas partes, la provincia de Tucumán los tiene transitables para rodados hasta el pié de las montañas “donde se hallan las minas”.

En su derrotero hacia Salta, comenta que el camino, “pasando por Trancas, luego de vadear el río Tala es arenoso, pero mejor que de allí a Tucumán”. Después el sendero, ya en la provincia de Salta, se hacía por “una comarca lozana, cruzado a menudo por ríos, los que aumentan en extensión y riqueza vegetal” y algo más adelante la ruta corría por un bosque de seis leguas de extensión para luego atravesar los ríos de las Conchas y de las Piedras (Posta de la Piedrita). A continuación de dicha posta “en las primeras dieciocho leguas es malo; serpea entre colinas y sube y baja proficuamente”. De Piedritas “en adelante, no se encuentra una sola habitación. Así, pues, deben los viajeros tratar de proveerse en aquel punto de todo lo necesario”. El 27 de julio, luego de vadear los ríos Blanco y Pasaje, donde era necesario abastecerse de agua porque en las quince leguas siguientes no se conseguía, alcanzaron Cobos “mísero villorrio que cuenta apenas seis o siete casas, tan desvencijadas como sus dueños” y el camino, hasta tres leguas antes de llegar a la ciudad de Salta era muy malo, “cubierto de piedras, estriado de huellones y alargándose continuamente en bajadas y subidas que se suceden sin cesar, luego la caravana pasó por Lagunillas donde el camino corría “paralelo a una hilera de montañas cubiertas hasta las cumbres de vegetación de infinita variedad. Las cimas vistas desde abajo parecían coronadas de rosas” que en realidad se trataba de palos borrachos en flor . El 19 de septiembre continuó nuestro viajero con rumbo a Jujuy, deteniéndose a seis leguas en la posta de Caldera, aún en Salta, “situada en un vallecito colindante con altas colinas cubiertas de arbustos de infinita variedad”. A la Caldera se llegaba por una “senda que sigue una quebrada donde abundan piedras y agua, que han utilizado los españoles como camino”, sólo transitable en ciertas épocas del año “cuando las copiosas lluvias y la nieve derretida de las montañas no aumentan el caudal del agua. En conjunto, su naturaleza solamente permite el tránsito de mulas y aún éstas encuentran difícilmente donde pastar”. El 20, ya en territorio jujeño, hicieron alto en Cabañas, a cinco leguas de Caldera y en la siguiente jornada llegaron a la ciudad de Jujuy luego de transitar siete leguas (6). Por lo expuesto, se puede afirmar que prácticamente el camino desde Córdoba a Jujuy ha cambiado muy poco desde entonces hasta la actualidad ya que además del citado tramo de Jesús María a Villa del Totoral, la ruta antigua sólo difería de la presente en el segmento que corre desde Trancas en Tucumán a Rosario de la Frontera en Salta y lo hacía entonces por lo que actualmente es la ruta provincial 25 y desde Cabeza de Buey por lo que hoy es un camino de tierra de dieciséis kilómetros que une esa localidad con la autopista de entrada a la capital; la ciudad de Salta quedaba entonces alejada casi 45 kilómetros del camino general , ya que el mismo seguía desde Cabeza de Buey rumbo norte hacia Jujuy pasando por la actual localidad de General Güemes y llegando a aquella por la ahora ruta nacional número 66 (7).

Citas
1.- Al respecto véase, entre otros, los interesantes trabajos de Vidaurreta, Alicia y Tjarks, Germán : ”Nuevos aspectos en el estudio de la política económica en el Río de la Plata(1807-1810)”. En Tercer Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires, ANH, 1961. Tomo III y Street, John. “La influencia británica en el Río de la Plata”. Revista Histórica de Montevideo , 1955.
2.- Véase Barba, Fernando Enrique: “Europa, Estados Unidos y la independencia latinoamericana”. En: IV Congreso Internacional de Historia de América , Tomo VII, 9-33. Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1966.
3.- Morinigo, Mariano: Introducción a Andrews, Capitán. Las provincias del Norte en 1825 ,Buenos Aires, Universidad Nacional de Tucumán, 1966; 11.
4.- Aldao, Carlos A. Prólogo a Las Pampas y los Andes. Notas de viaje de Head, F.B. Buenos Aires, Vaccaro, 1920; 8. Citado por Barba, Enrique M. Rastrilladas, huellas y caminos , La Plata, Archivo Histórico, 2004; 38.
5.- Andrews, (Joseph) Capitán. Viaje de Buenos Aires a Potosí y Arica en los años de 1825 y 1826 ; Buenos Aires, Vaccaro, 1929; 85.
6.- Ídem; 30-31; 59, 61-62; 75-76; 89; 132-133: 150.
7.- Instituto Geográfico Militar. Mapa de la República Argentina , 1920.

         
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